El artista como arqueólogo (Nómade)

1477 días ago by in Residencies 2014

Tema propuesto para Edición #06 El artista como arqueólogo” y para la convocatoria de residencias en Cal Gras de Avinyó (Barcelona)

La cuestión del tiempo -el devenir, la caducidad o la eternidad- ocupa a la humanidad desde siempre. No en vano es la preocupación que está en el origen de la escritura y por lo tanto de la Historia con mayúsculas. Pronto se realizó una importante distinción que ahora entendemos bajo los términos de macro y micro-Historia, y se hizo para hablar de ritmos temporales: vitales – referido a los individuos; sociales – para los colectivos; y hasta universales – en referencia a la cadencia temporal de los cuerpos celestes y de su entorno. Este hecho pone de manifiesto también cómo el tiempo ha sido entendido desde la fragmentación -en minutos, horas, semanas, meses o años; en lustros, décadas, siglos; en épocas, periodos o eras, aunque se trate de puro devenir y lo único que sepamos seguro de él es que “no pasa en vano” o que “todo lo cura”.

Al término tiempo se le asocian nociones como cambio, movimiento, dinamismo, y también vitalidad. Porque cuando el tiempo se fragmenta y por lo tanto se detiene en cierto sentido, algo muere, tal y como anunció Roland Barthes respecto de lo que hace la instantánea fotográfica con el referente que fotografía.1

La noción de temporalidad atraviesa, así, gran parte de las reflexiones contemporáneas, aunque en algunos casos lo haga sutilmente, dejando entrever que las ideas de perspectiva histórica, tiempo (pos)moderno o relato histórico son maneras de narrar, formas de definir lo finito y lo infinito, es decir, la muerte o la eternidad de las ideas, las personas, las sociedades, los modelos, los valores, las aspiraciones, los relatos, o el arte. El diálogo con el tiempo que en muchas manifestaciones culturales contemporáneas se observa, saca a relucir que, lejos de ser un problema obsoleto, es un motivo de relato cargado de contemporaneidad, y como ejemplo, vale pensar en el peso que han adquirido las memoria histórica, colectiva, individual o familiar, y su contra-cara, el olvido. Artistas como Boltanski o Kiefer, o teóricos como Todorov, entre muchos otros, han trabajado intensamente el tema.

¿Qué ocurre hoy en día con nuestra relación con el tiempo? Las distancias se han acortado porque las velocidades han aumentado, y la tecnología y las estructuras sociales en red se han impuesto como modelos de vida. Apenas toleramos ya “la espera”. Nos estamos acostumbrando a lo inmediato, que aunque a menudo se manifiesta de forma efímera, nos proporciona lo que queremos en el momento en que lo queremos, y cada vez somos más capaces de desarrollarnos en lo simultáneo, habituados como estamos a la sobredosis de inputs visuales y sensitivos en general, y perdidos en el imperativo del multitasking.

[1] BARTHES, Roland, La Cámara Lúcida, Barcelona: Gustavo Gili, 1982.

Porque nos suscita grandes inquietudes, y porque nos parece una discusión plenamente contemporánea, en el año en que se cumple el centenario de la I Guerra Mundial, y en el que historiadores y analistas se proponen revisar las consecuencias de la misma a la luz de los acontecimientos posteriores de los siglos XX y XXI, desde Nómade nos planteamos el reto de introducir la cuestión del tiempo y la temporalidad como temas vertebradores de las cuatro publicaciones del 2014. Así, manteniendo la idea de lectura transversal a través de los cuatro ejes temáticos, los números van a compartir de formas más o menos explícitas esta cuestión de fondo. Desde Nómade deseamos así pensar el tiempo en términos históricos, aunque también en cómo opera en el proceso creativo para el desarrollo de una obra; o en cómo se manifiesta en relación a las instituciones culturales que se encargan de generar narrativas.

Y la segunda de las publicaciones, segunda entrega también del eje “La memoria irreverente”, va a girar en torno a la figura del artista como investigador. Y es que en la multiplicidad de narrativas y formas de producción artística que se dan en la contemporaneidad está el perfil de un tipo de artista que, a la manera de un arqueólogo, sigue rastros materiales que lo orientan parcialmente, con la aspiración de alcanzar la construcción de un panorama social completo. En su búsqueda vaga de retazo en retazo, a menudo de forma errática, y juega con las formas dadas para generar un trabajo que permita comprender un momento de la sociedad. Este tipo de ejercicio es una sinécdoque en toda regla, lo es al menos para la memoria colectiva, si se nos permite extrapolar la licencia retórica más allá del ámbito lingüístico.

Reconocemos al menos dos condiciones importantes en el artista-arqueólogo. Por un lado la acción de andar, y por el otro el medio por el cual transita.

La actitud de andar –el tránsito, la deriva- la realiza el artista siguiendo una pista para luego ir a la siguiente, con la voluntad de reconstruir conscientemente un todo que, probablemente, nunca logrará que sea completo. Sin poder abandonar esta acción, sin embargo, se aferra a la inquietud de lo dinámico para poder hallar elementos que permitan abrir nuevos espacios de análisis.

Por otro lado, el medio por el cual transita este tipo de artista deviene estratégico. El entorno y una conciencia de las múltiples capas de la realidad, así como de ciertos elementos presentes y ausentes, representarán su principal espacio de trabajo. Un gran taller donde rastrear huellas, que se convierte, al mismo tiempo, en el soporte de su propia obra.

Dicho medio por el cual se mueve es el tiempo, mediante el cual debe atinar elementos estéticos, históricos, políticos y sociales relevantes. Por lo tanto, el juego que produce parte de una ausencia que es consustancial en la obra: uno o varios elementos que aluden un momento y un lugar que ya no son. El proceso de reflexión en torno a esos elementos descontextualizados problematiza el devenir del tiempo. Y el artista lidia, así, con informaciones ramificadas, atomizadas y desestructuradas, con cuya fragmentación trabaja y que resulta crucial para la nueva producción artística que partirá de un rastreo espacial y temporal del sentido original de los elementos que ha decidido poner en juego.

Si la arqueología tradicional es el análisis de manifestaciones materiales del pasado halladas en un presente, que posibilita la comprensión del pensamiento, los valores y la cultura de una sociedad concreta ya desaparecida, ¿qué ocurre cuando los cambios sociales se suceden permanentemente? ¿Es posible aplicar la metodología arqueológica a la contemporaneidad? Parece que en cierto sentido sí: la arqueología ha necesitado generar una rama, la de la arqueología pública, que investiga en materiales actuales, como residuos urbanos, por ejemplo, y permite estudiar su relación con la sociedad actual en todos sus ámbitos.

Y en su deliberada dinámica apropiacionista, el arte contemporáneo ha adoptado en cierto sentido esa metodología también. Si, paradójicamente, la arqueología nació como ciencia auxiliar de la historia del arte, para luego pasar a serlo de la historiografía en general, y más adelante erigirse como ciencia autónoma, parece que hoy se han trasmutado los papeles: ciertos artistas abordan la realidad desde lo fragmentario para hallar un comportamiento a gran escala, como si de arqueólogos se tratara, y hasta se ponen al servicio de la ciencia.

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